jueves, 2 de enero de 2014

El gato de la Navidad

Hay un momento en que el autobús queda en silencio. El hombre de la derecha se sube el cuello de la gabardina. El de la izquierda observa su reflejo en el cristal de la ventanilla. Un niño pequeño se refugia en el regazo de su madre, y lanza miradas furtivas al resto de pasajeros. La señora mayor que casi cae al subir se remueve en su asiento, buscando acomodo. Parece algo inquieta. Tal vez sea porque el silencio muestra cómo somos. Actúa como un espejo gigantesco que nadie nos pone enfrente mientras nadie nos obliga a mirar. Es entonces cuando lo que era ordinario adquiere trascendencia.

Una lluvia fina empieza a caer por la calle M, pero no me percato porque camino deprisa: no puedo perder el tranvía porque llego tarde. Cruzo en la esquina con Y, giro la cabeza para comprobar si viene el tranvía. Aún no. La parada está a unos metros. Camino hacia ella, buscando el dinero para pagar el billete. Una moneda cae al suelo, así que me inclino a recogerla y, al incorporarme, veo un gato pequeño. Es un gato blanco, tirita y esconde la cara entre sus cortas patas. Ahora no lo veo. Una chica se ha acercado y lo acaricia suavemente en la cabeza. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo, junto al gato, y este se lo lleva a la boca. No sé lo que es, pero acaso importa. El gato ya no tirita porque la chica lo está secando con la bufanda. Caen gotas más pesadas sobre la oscura calle Y. Ahora sí las veo porque justo detrás de la chica y del gato hay una pequeña farola, y las veo al trasluz. Es una luz cálida, del tipo de esas que se encienden cuando estás febril y pasas la noche en vela, sea real o no. Las gotas corren prestas ahora, a igual velocidad que el halo que las ilumina, así que la chica toma al gato, lo cubre con su abrigo y se aleja corriendo. Por un momento intemporal, la ciudad de D parece G, o la imagen que guardo de ella. Veo un callejón oscuro bifurcando suavemente, con armonía incluso, hacia la izquierda. Un solitario farolillo ilumina la escena. Se mueve, es una luciérnaga en medio del campo. No se oye nada. Solo estamos el farolillo y yo. Pongo un pie en el callejón. Luego otro, echo a andar. Lo siguiente que acierto a escuchar es la voz mecanizada del tranvía avisando a los pasajeros de que las puertas se están cerrando. Subo de un salto, pago el billete, lo pico y empiezo a oír de nuevo.

La magnitud de hechos aparentemente sin importancia es tan admirable que pasa desapercibida. Quizá por eso la Navidad perdió su encanto. Damos por sentada toda su parafernalia. Luces brillantes, canciones llenas de júbilo por un milagro divino, verdaderos festines. Pero no vemos las luces, no escuchamos las canciones ni saboreamos la comida porque miramos las luces, oímos las canciones y tragamos la comida. El significado de trasfondo de cada detalle se va perdiendo porque olvidamos su origen. No son las luces sino su alegría, ni las canciones sino su letra y su significado, ni tampoco es la comida sino la razón por la que nos congregamos a degustarla. El silencio es a veces la respuesta. Vernos en el espejo que nadie nos pone enfrente mientras nadie nos obliga a mirar. Quizá veamos un pequeño gato que tirita y todo vuelva a funcionar. 

2 comentarios:

  1. Ciertamente hemos llegado a un punto, que miramos mas lo externo, que su significado. De eso trató la homilía de Serafín. Yo espero y deseo, no haber llegado aún a ese momento, y que la Navidad, tenga un sentido en nuestra vida. De echo, la ausencia nos recuerda aún mas que necesitamos unirnos, y es por ello que esta Nochevieja, esa ausencia no fue tanta. Porque desde la lejanía nos sentimos mas juntos que en otras ocasiones, y tanto contigo como con papá, estuvimos unidos y fue una noche especial. Un abrazo y gracias por haberlo compartido.

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  2. Siempre se encuentra la vida, escondida tras el bla, bla, bla... Todo está sedimentado detrás del murmullo y el ruido. Los demacrados y caprichosos destellos de belleza. Y todo, apuntando a la condición trágica del ser humano. Pero, al final, siempre al final, nos queda la belleza...

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