Hay un momento en que el autobús queda en silencio. El
hombre de la derecha se sube el cuello de la gabardina. El de la izquierda
observa su reflejo en el cristal de la ventanilla. Un niño pequeño se refugia
en el regazo de su madre, y lanza miradas furtivas al resto de pasajeros. La
señora mayor que casi cae al subir se remueve en su asiento, buscando acomodo.
Parece algo inquieta. Tal vez sea porque el silencio muestra cómo somos. Actúa
como un espejo gigantesco que nadie nos pone enfrente mientras nadie nos obliga
a mirar. Es entonces cuando lo que era ordinario adquiere trascendencia.
Una lluvia fina empieza a caer por la calle M, pero no me
percato porque camino deprisa: no puedo perder el tranvía porque llego tarde.
Cruzo en la esquina con Y, giro la cabeza para comprobar si viene el tranvía.
Aún no. La parada está a unos metros. Camino hacia ella, buscando el dinero
para pagar el billete. Una moneda cae al suelo, así que me inclino a recogerla
y, al incorporarme, veo un gato pequeño. Es un gato blanco, tirita y esconde la
cara entre sus cortas patas. Ahora no lo veo. Una chica se ha acercado y lo
acaricia suavemente en la cabeza. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo,
junto al gato, y este se lo lleva a la boca. No sé lo que es, pero acaso
importa. El gato ya no tirita porque la chica lo está secando con la bufanda.
Caen gotas más pesadas sobre la oscura calle Y. Ahora sí las veo porque justo
detrás de la chica y del gato hay una pequeña farola, y las veo al trasluz. Es
una luz cálida, del tipo de esas que se encienden cuando estás febril y pasas
la noche en vela, sea real o no. Las gotas corren prestas ahora, a igual
velocidad que el halo que las ilumina, así que la chica toma al gato, lo cubre
con su abrigo y se aleja corriendo. Por un momento intemporal, la ciudad de D
parece G, o la imagen que guardo de ella. Veo un callejón oscuro bifurcando
suavemente, con armonía incluso, hacia la izquierda. Un solitario farolillo
ilumina la escena. Se mueve, es una luciérnaga en medio del campo. No se oye
nada. Solo estamos el farolillo y yo. Pongo un pie en el callejón. Luego otro,
echo a andar. Lo siguiente que acierto a escuchar es la voz mecanizada del
tranvía avisando a los pasajeros de que las puertas se están cerrando. Subo de
un salto, pago el billete, lo pico y empiezo a oír de nuevo.
La magnitud de hechos aparentemente sin importancia es
tan admirable que pasa desapercibida. Quizá por eso la Navidad perdió su
encanto. Damos por sentada toda su parafernalia. Luces brillantes, canciones
llenas de júbilo por un milagro divino, verdaderos festines. Pero no vemos las
luces, no escuchamos las canciones ni saboreamos la comida porque miramos las
luces, oímos las canciones y tragamos la comida. El significado de trasfondo de
cada detalle se va perdiendo porque olvidamos su origen. No son las luces sino
su alegría, ni las canciones sino su letra y su significado, ni tampoco es la
comida sino la razón por la que nos congregamos a degustarla. El silencio es a
veces la respuesta. Vernos en el espejo que nadie nos pone enfrente mientras
nadie nos obliga a mirar. Quizá veamos un pequeño gato que tirita y todo vuelva
a funcionar.
Ciertamente hemos llegado a un punto, que miramos mas lo externo, que su significado. De eso trató la homilía de Serafín. Yo espero y deseo, no haber llegado aún a ese momento, y que la Navidad, tenga un sentido en nuestra vida. De echo, la ausencia nos recuerda aún mas que necesitamos unirnos, y es por ello que esta Nochevieja, esa ausencia no fue tanta. Porque desde la lejanía nos sentimos mas juntos que en otras ocasiones, y tanto contigo como con papá, estuvimos unidos y fue una noche especial. Un abrazo y gracias por haberlo compartido.
ResponderEliminarSiempre se encuentra la vida, escondida tras el bla, bla, bla... Todo está sedimentado detrás del murmullo y el ruido. Los demacrados y caprichosos destellos de belleza. Y todo, apuntando a la condición trágica del ser humano. Pero, al final, siempre al final, nos queda la belleza...
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