“La palabra es la mecha del sentimiento, no al contrario; y todo lo que de
importante hay en la vida, ya lo han dicho los rusos”.
Una mujer rusa que emerge, fantasmal, de entre un lodazal para subirse a un
autobús ruinoso y maloliente. El blanco y la serenidad de su terso rostro se reflejan
en la nieve, que, sintiendo su contacto
al bajar ella la mirada, irradia una brillantez que hiere. No existe el decoro
cuando, atónito, debes alzar la tuya a las estrellas para no caer de rodillas,
deslumbrado por tamaña belleza. Eso es el sentimiento, y describirlo, sus
palabras.
Sí, las palabras pueden seducir, y de hecho lo hacen bastante
acertadamente. No en vano existen disciplinas que estudian la forma de
conjugarlas en el orden preciso para formar la idea deseada. El engaño se
produce cuando empezamos a creer solo en las palabras, cuando para evocar una
sensación buscamos quien la haya descrito, en lugar de vivirla. Cada vez más
estoy convencido de que el mundo en que vivimos nos ha hecho perder esa
conexión entre la experiencia directa y el asombro. Hemos perdido la capacidad
de asombrarnos porque todo parece estar ahí, solo tienes que buscarlo, porque
con seguridad alguien lo ha referido anteriormente. Algo así como si al leer
las líneas anteriores sobre el encuentro casual con una bella mujer fuera la episteme, y no la doxa. La televisión, los medios de comunicación, la tecnología,
todos vienen a suplir la experiencia misma de vivir, y la sustituyen por ídolos
seductores que hallan presa fácilmente gracias al proceso que repiten desde el
momento en que fueron lanzadas al mundo.
Una mirada al este, un acercamiento a Rusia, facilita reconectar con la
naturaleza humana, sin intermediarios, sin distracciones, sin seductores. Porque
existe el vergajazo, el látigo, la isba, el mujik, el samovar, el батюшка (“padrecito”), la tierna figura de la бабушка (“abuela”) que, a pesar de la enfermedad,
trata de jugar y alegrar a los nietos (a partir del 3.20, aquí: https://www.youtube.com/watch?v=F_GVngiga4s),
y también existe Vania Karamazov, Rashkolnikov y Chichikov. El mundo antiguo y
el hombre moderno, las necesidades básicas y los interrogantes de ahora, y de
siempre. Un fresco de la naturaleza humana, tan amplia y compleja, solo podía
tener cabida en una nación de las dimensiones de la vieja Rusia. Porque allí sigue, de forma nítida,
el compendio de todas las cosas que hay en la vida: miseria, amor, orgullo,
odio, Dios, justicia, misericordia, valor, pereza, avaricia, ternura,
inteligencia, fogosidad, amabilidad, camaradería y todas aquellas cualidades
que se puedan pensar. Yo os invito a que os acerquéis a los rusos, no los
temáis, y os amarán por siempre.
Que la palabra de Dostoievski, Tolstoi, Bulgakov, Pushkin o Gogol sirva en
este caso para vivir la experiencia, porque para entenderlos plenamente hay que
vivirlos, sentirlos, pensarlos, y no sólo leerlos. Así son los genios.
Nota bene: sin parecer pretencioso, quisiera dedicar esta apología de los
rusos a un amigo de quien sé que los estima tanto como yo, y a alguien muy
especial que empieza a hacerlo.
"En el principio existía la PALABRA, y la PALABRA estaba junto a Dios, y la PALABRA era Dios". Así reza el comienzo de una de las obras cumbre de la literatura de todos los tiempos: el Evangelio de San Juan. Quizá, por esta razón, no pueda uno acercarse a los RUSOS sin dejar de pasar por el cristianismo. Que las palabras nos nombren; y no sólo eso, que las palabras, golpe a golpe, dejen caer el velo que nos aparta de lo real y que, por ello mismo, nos llevan a la violencia.
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