Vivió una vez un hombre, marido burlado, que se fue a vivir al monte, desde
donde cada día gritó a la lluvia preguntando por qué. Cuando estallaba la
tormenta, le parecía aún escuchar en el viento su nombre, el eco le devolvía sus
memorias de la mujer a la que tanto había amado, no pudiendo olvidar. Había sin
duda una gran pena en el fondo de su corazón, pero la ira hacia el hombre que
se la llevó no le dejaba ver que la razón para su locura se encontraba dentro
de sí. Siguió clamando al cielo y a los elementos hasta sus últimos días, pero
lo cierto es que llevaba muerto mucho más tiempo. El hombre que se llevó a su
mujer primero le quitó el vestido y luego el techo. Fue sin embargo una muerte
lenta y agónica que nuestro hombre nunca llegó a comprender porque nunca
entendió que había perdido la sonrisa de su mujer. Amanecer junto a esa risa
cálida y alegre le había hecho sentir como si tuviera el sol dentro de sí. Pero
la sonrisa se fue, y el sol se secó, dejando un agujero que nunca nada pudo
ocupar. Murió seco, blanco y enjuto. Lo encontraron junto a un árbol, con ojos
tristes y cansados pero intensamente abiertos, como si la muerte no hubiese
agotado su sufrimiento.
Imaginemos un hombre de esta condición y que, por razones que desconocemos,
rehúsa escapar al monte o la estepa, y llena su vacío con la bebida. El frío
atenaza los músculos, es un cuchillo que entra por el pecho, atraviesa los
huesos, y nunca sale, limpio, por la espalda. Así que no resulta tan extraño
que este hombre, visto en situaciones bochornosas tan a menudo que ya no puede
decirse que escandaliza, comience la jornada con un sorbito de vodka. La mañana
es clara pero ventosa, y un traguito antes de salir de casa, se dice a sí mismo,
es obligatorio para no sucumbir al aire gélido. Este hombre, al que llaman B.,
sale de casa y, con mirada jocosa, busca mentalmente la tienda más cercana. Necesita
un poco más de vodka para afrontar su deambular solitario por las calles de D…
Tres horas más tarde, el borracho se tambalea por la calle, piensa que ya
ha caminado demasiado yendo a ningún sitio, y decide volver a casa. Cualquier transporte
le parece bien, por lo que decide tomar el próximo que pase. B. sube a un
autobús amarillo y lleno de barro, y mientras busca tres rublos en el bolsillo
de su chaqueta, alguien le empieza a chillar. Es el conductor del autobús, que
le urge a abandonar el vehículo entre una sarta de insultos que el pobre B.
apenas acierta a entender. Así pues, B. guarda el dinero en el bolsillo y al
darse la vuelta su mirada se cruza con la de los curiosos viajeros que observan
la escena. Una бабушка le mira con desasosiego, se levanta y le da una limosna. Un hombre mayor,
envuelto en un elegante abrigo de algodón, de tonos grisáceos y cuello alto, se
revuelve en su asiento mientras parece pensar que así no, camarada, que así no
se construye un país. Una chica joven, en uno de los asientos posteriores, se
levanta curiosa para ver por qué tanto escándalo. Lo encuentra divertido y saca
una foto de B. con su teléfono.
B. no lo sabe, pero en un pequeño autobús amarillo y lleno de barro acaba
de ver, juntos en espacio tan reducido, a los tres dioses de Ucrania y del
Este: el dios religioso, el dios político y el dios económico. El primero le
dio una limosna que bien sabía sería bebida con presteza, el segundo le
desacreditó moral y colectivamente, y el tercero se mofó. Ninguno le ayudó,
como ninguno parece haber ayudado a este país que siempre ha sufrido el yugo
del dios correspondiente. El dinero ha suplantado a los otros dioses, y se me hace
quizá el más peligroso de todos ellos pues, al contrario de los dos anteriores,
carece de todo atisbo de ética, moralidad o principios. La sociedad siempre me
ha parecido una jungla en que las desigualdades hacen posible acciones
solidarias del poderoso con el débil, o entre débiles, o aparente ausencia de
poderosos, pero con el dinero esto no es posible porque no existe, ni se quiere
que exista, sentimiento de confraternización. Se fomenta la creación y, más
aún, la persistencia de dos bandos, ganadores y perdedores, y según el propio
éxito se pertenece a uno u otro. La presencia, si bien esporádica, de la
solidaridad y la camaradería, defectos para el dios económico, es, sin embargo,
la razón por la que debiéramos sonreír. No podemos perder esa sonrisa porque de
lo contrario acabaremos nuestros días gritando al viento en un monte, estepa, o
isla, pagado de nuestro propio éxito.
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