martes, 11 de febrero de 2014

Los tres dioses

Vivió una vez un hombre, marido burlado, que se fue a vivir al monte, desde donde cada día gritó a la lluvia preguntando por qué. Cuando estallaba la tormenta, le parecía aún escuchar en el viento su nombre, el eco le devolvía sus memorias de la mujer a la que tanto había amado, no pudiendo olvidar. Había sin duda una gran pena en el fondo de su corazón, pero la ira hacia el hombre que se la llevó no le dejaba ver que la razón para su locura se encontraba dentro de sí. Siguió clamando al cielo y a los elementos hasta sus últimos días, pero lo cierto es que llevaba muerto mucho más tiempo. El hombre que se llevó a su mujer primero le quitó el vestido y luego el techo. Fue sin embargo una muerte lenta y agónica que nuestro hombre nunca llegó a comprender porque nunca entendió que había perdido la sonrisa de su mujer. Amanecer junto a esa risa cálida y alegre le había hecho sentir como si tuviera el sol dentro de sí. Pero la sonrisa se fue, y el sol se secó, dejando un agujero que nunca nada pudo ocupar. Murió seco, blanco y enjuto. Lo encontraron junto a un árbol, con ojos tristes y cansados pero intensamente abiertos, como si la muerte no hubiese agotado su sufrimiento.

Imaginemos un hombre de esta condición y que, por razones que desconocemos, rehúsa escapar al monte o la estepa, y llena su vacío con la bebida. El frío atenaza los músculos, es un cuchillo que entra por el pecho, atraviesa los huesos, y nunca sale, limpio, por la espalda. Así que no resulta tan extraño que este hombre, visto en situaciones bochornosas tan a menudo que ya no puede decirse que escandaliza, comience la jornada con un sorbito de vodka. La mañana es clara pero ventosa, y un traguito antes de salir de casa, se dice a sí mismo, es obligatorio para no sucumbir al aire gélido. Este hombre, al que llaman B., sale de casa y, con mirada jocosa, busca mentalmente la tienda más cercana. Necesita un poco más de vodka para afrontar su deambular solitario por las calles de D…

Tres horas más tarde, el borracho se tambalea por la calle, piensa que ya ha caminado demasiado yendo a ningún sitio, y decide volver a casa. Cualquier transporte le parece bien, por lo que decide tomar el próximo que pase. B. sube a un autobús amarillo y lleno de barro, y mientras busca tres rublos en el bolsillo de su chaqueta, alguien le empieza a chillar. Es el conductor del autobús, que le urge a abandonar el vehículo entre una sarta de insultos que el pobre B. apenas acierta a entender. Así pues, B. guarda el dinero en el bolsillo y al darse la vuelta su mirada se cruza con la de los curiosos viajeros que observan la escena. Una бабушка le mira con desasosiego, se levanta y le da una limosna. Un hombre mayor, envuelto en un elegante abrigo de algodón, de tonos grisáceos y cuello alto, se revuelve en su asiento mientras parece pensar que así no, camarada, que así no se construye un país. Una chica joven, en uno de los asientos posteriores, se levanta curiosa para ver por qué tanto escándalo. Lo encuentra divertido y saca una foto de B. con su teléfono.


B. no lo sabe, pero en un pequeño autobús amarillo y lleno de barro acaba de ver, juntos en espacio tan reducido, a los tres dioses de Ucrania y del Este: el dios religioso, el dios político y el dios económico. El primero le dio una limosna que bien sabía sería bebida con presteza, el segundo le desacreditó moral y colectivamente, y el tercero se mofó. Ninguno le ayudó, como ninguno parece haber ayudado a este país que siempre ha sufrido el yugo del dios correspondiente. El dinero ha suplantado a los otros dioses, y se me hace quizá el más peligroso de todos ellos pues, al contrario de los dos anteriores, carece de todo atisbo de ética, moralidad o principios. La sociedad siempre me ha parecido una jungla en que las desigualdades hacen posible acciones solidarias del poderoso con el débil, o entre débiles, o aparente ausencia de poderosos, pero con el dinero esto no es posible porque no existe, ni se quiere que exista, sentimiento de confraternización. Se fomenta la creación y, más aún, la persistencia de dos bandos, ganadores y perdedores, y según el propio éxito se pertenece a uno u otro. La presencia, si bien esporádica, de la solidaridad y la camaradería, defectos para el dios económico, es, sin embargo, la razón por la que debiéramos sonreír. No podemos perder esa sonrisa porque de lo contrario acabaremos nuestros días gritando al viento en un monte, estepa, o isla, pagado de nuestro propio éxito. 

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