Ucrania es una experiencia en sí misma. Lejos de comentar lo
que puede significar para los nostálgicos y demás amantes de lo retro, “living
in the former Soviet Union” es tan atractivo como suena, pero no forzosamente
por esas razones. Los tópicos están claros: frío, nieve – de ahí el título de
este blog, gente seria, un idioma horriblemente complicado, cierta inclinación
a “pensare all'antica” y, por supuesto, vodka y chicas guapas. Un análisis
algo más acertado, pero aún superficial, de la vida en países como Ucrania,
suele fundamentar sus conclusiones amparado en frías estadísticas, renta per cápita,
precio del transporte, etc.
No obstante, ¿cómo medir la felicidad de la gente? ¿Cómo su
vitalidad, su actitud ante la vida, sus esperanzas, gustos, pasiones? Es
realmente complicado, y dado que no llevo aquí siquiera una semana, no me
encuentro especialmente capacitado para profundizar en todos estos aspectos. Ni
creo que una estancia de 9 meses pueda ser suficiente. Creo sinceramente que
puedes vivir toda una vida en un mismo sitio, y al cabo de mucho tiempo, te
sigues sorprendiendo. Dejo por tanto esta “evaluación” para el fin de mi
estancia, y espero que la constancia que dejaré en esta y otras entradas pueda
al final arrojar un poco de luz.
Esta mañana visité un colegio en Donetsk acompañado por una
de mis compañeras de piso. No esperaba nada de antemano, por lo que – pensé -,
nada podría sorprenderme. Me equivoqué. Ya desde el trolebús en que fuimos allí
se podía observar perfectamente, con un simple golpe de vista, el patio del
colegio, sus instalaciones deportivas al aire libre. Un erial con un par de
porterías y algunas canastas. No llegaba a ser siquiera un campo de fútbol de
tierra, como los que vemos en tercera de regional en España, parecía más bien
como si un terreno en el que hasta hace bien poco crecían patatas u otros tubérculos
se hubiese transformado de la noche a la mañana en un patio de recreo. El interior
era desvencijado, con astillas de madera en el suelo (vean la imagen de portada
de “Apuntes de la Casa Muerta” en Alianza editorial para hacerse una idea más
precisa de lo que intento describir). Una primera impresión nunca pudo estar
más en desacuerdo con el grupo de personas con el que trabajé esta mañana. Eran
aproximadamente unos 20 alumnos, de unos 13-14 años. Por lo que luego he
averiguado, se trataba de un buen grupo: los niños se desenvolvían bastante
bien en inglés, sintieron mucha curiosidad desde el principio por mí, más aún
cuando supieron que vengo de España: “¿podrías enseñarnos algunas palabras en
español?”, “¿en qué ciudad vives en España?”, “¿hace mucho frío allí?”, “¿cuál
es tu película favorita?”, “¿es muy caro el cine en España?”, “¿cuál es tu
equipo favorito de fútbol?”, y una lista interminable, aunque agradable, de
preguntas. Los chavales estaban realmente interesados en lo que yo tenía que
decir: creo que nunca vi eso en ninguna escuela en España.
Después de la clase, la profesora se nos acercó muy
amablemente para decirnos que nos invitaban a comer algo en el comedor del
colegio, así que unas niñas de la clase nos condujeron allí mientras seguían haciendo preguntas por el
camino. Creo que poco faltaba para las 12 de la mañana (yo había desayunado
apenas un par de horas antes), pero me sentí tan bien tratado por todos desde
que atravesé la puerta por primera vez, que me fue del todo imposible dejarme
la comida en el plato. De modo que tomé un poco de sopa extremadamente caliente
– con zanahoria, patatas y cebolla; un plato con un arroz blanco demasiado
pasado, un trozo pequeño de carne (es relativamente cara aquí en Ucrania) y un
té con limón simplemente delicioso. El té en Ucrania es prácticamente la
segunda bebida nacional, solo por detrás del vodka. Puedes encontrar una gran
variedad de tés en cualquier tienda a un
precio irrisorio.
Ha sido una mañana simplemente fantástica. El contraste
entre lo que ves por fuera y lo que percibes por dentro es el alma de esta
gente, o así lo siento yo. Espero que el resto de la semana me depare
experiencias como esta.
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